Un paseo por Benimaclet

Casi parece un milagro. En una gran ciudad como Valencia, a escasos 30 minutos a pie del centro, decenas de casitas bajas de arquitectura tradicional sobreviven con admirable buena salud a la presión urbanística. Se trata del barrio de Benimaclet, mi barrio.

Un paseo tranquilo, sosegado, por estas singulares calles, que gracias al esmero de sus moradores se han preservado en admirable estado, sin duda permite al viandante conectar directamente con la historia, con el pasado y las raíces de este barrio, que una vez fue pueblo, y afortunadamente nunca ha dejado de perder su esencia.

El recorrido puede empezarse por las calles perpendiculares a doctor Vicente Zaragoza o Emilio Baró, que son el límite natural de este antiguo trazado. Aparecen de repente y sin previo aviso. Una línea invisible separa de forma casi natural ambos mundos, y el efecto que se produce al traspasarlo es siempre de agradable sorpresa.

Tal es el caso de las calles Reverendo José Martí, Manuel Castellanos o Virgen de los Desamparados, cuyo contraste con la avenida Emilio Baró es más que notable. Todas ellas terminan desembocando irremediablemente en la Plaza, y probablemente es en esa encrucijada que forma la propia plaza con las calles Puçol, Asunción, Providéncia, Benicolet, Sant Mateu o Alegret, incluso en Masquefa o Rambla donde uno tiene la sensación de reencontrarse con el alma de este histórico pueblo.

Habría muchas que merecen una mención especial, pero probablemente la casa tradicional más emblemática de este barrio se encuentra en el cruce de las calles Mistral y Murta. Su preciosa fallada de trencadís se hizo muy famosa tras aparecer en una conocida película de Almodóvar.

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